EL CAMBIO - Isabel Mercadé i Montse Bovet vist per Michael Tregebov
- Stonberg
- 25 oct 2024
- 4 Min. de lectura
El capitalismo es un organismo vivo, de creación humana, que nació, creció y agoniza. Y como, según un joven Vico, verum ipsum factum solo es posible conocer lo que creamos, sus secretos han sido revelados en los últimos dos siglos. Cada fase de su desarrollo trae consigo un impacto sobre el ser humano.
Este maravilloso libro que presentamos hoy, El cambio, de Montse Bovet e Isabel Mercadé, tiene lugar en la penúltima fase que sufrimos de este sistema tóxico. El primer capitalismo fue mercantil, y luego industrial, luego imperialista, y en la posguerra, lo que se llamaba capitalismo tardío, y que, ahora, se está transformando en el capitalismo crepuscular desde la crisis financiera del 2008. Yo nací en el capitalismo tardío, que conoció una consolidación de derechos y servicios sociales en occidente necesarios para competir ideológicamente con los proporcionados en la Unión Sovietica, (educación, universidad y sanidad universal y gratuito, vivienda subvencionada, calefacción y agua gratis, sistema de transporte subvencionados, etc.). Con el asedio y posterior destrucción de la Unión Soviética ya no hacía falta proporcionar dichos derechos y se erosionaron. Pero a la vez, empezó en occidente otra crisis de beneficios cuya respuesta fue la caída de salarios o su estancamiento desde 1974 hasta hoy. Para suplir la pérdida de poder adquisitivo, se abrieron el grifo del crédito, y el endeudamiento de la clase trabajadora llegó a equivaler a la totalidad de la antemencionada bajada de los salarios. Para compensar la crisis de beneficios, se financializó la economía. La porción de los beneficios financieros y rentistas en los años 70 y 80 de los beneficios totales rondaba el 14%, cuando llegados los años 2000 justo antes de la caída de Lehman Brothers, dicha porción llegaba al 45%. La inversión en producción industrial en los países occidentales se desplazó hacia los países asiáticos – o sea, la financialización de la economía y la desindustrialización iban cogidas de la mano. Este proceso tuvo su impacto, primero, en un alto nivel de endeudamiento: la hipoteca media en España en los años 70 rondaba 7 años. Dos décadas más tardes ya llegaba a los 20 o 25. Y segundo, en la precarización del trabajo: se introduce la figura del becario, (la esclavitud moderna), se desmovilizaron los sindicatos, reduciéndolos a meros mediadores y no defensores de los trabajadores, las bajadas de salarios ya mencionados, la subida en la edad de jubilación, y el miedo al desempleo que mantenía los trabajadores industriales a raya se extendió a capas de los profesionales, profesores, médicos, escritores, periodistas, etc. Y aquí llega el libro de Montse e
El impacto de la crisis se cristaliza en forma de un miedo que hasta ahora las capas profesionales no habían sentido. En los trabajos en los cuales los profesionales se sentían realizados y hasta contentos y motivados, crecía el temor a perder lo paradisíaco de su oficio, y en el caso de los protagonistas de la novela el paraíso es enseñar un idioma (el bello curro de Giordano Bruno o James Joyce), o sea, el reto de reavivar una facultad cerebral que se atrofia a los seis años buscando otros métodos de construir un habla ajeno). En tándem con este miedo era en esta etapa bajo la ideología neoliberal surge el temor tradicional de perder su empleo el cual el profesional había sido protegido aunque había sido la espada de Damocles que siempre ha amenazado los trabajadores industriales, supernumerarios de la fuerza de trabajo, una amenaza, y no sólo amenaza, necesaria para forzar la reducción de salarios, la fuente de la rentabilidad). Y para más inri, como bien explica Montse e Isabel, el profesional, aunque privado del poder real de gestión de la empresa o escuela privada en este caso, es sometido a constantes evaluaciones de las cuales los que realmente manejan el poder están exentos, exámenes que mantienen a los profesionales en un estado de auto cuestionamiento. El profesional ya tiene que responsabilizarse a través de una gran dosis de culpa por los errores empresariales del consejo de administración y los accionistas. El consejero delegado no fracasa, es el trabajador, falsamente empoderado (es un stakeholder de más, igual que la banca u otros tenedores de acciones), que fracasa, por no formar equipo, por su falta de lealtad, por no hacer horas extras no pagadas, por no atraer y mantener a los clientes, etc. Al final, cada cambio social penetra en nuestro ser, afectando nuestro más elemental derecho: el goce de ser (joy of being). Aunque, de lo contrario, dichos cambios exaltan y exageran ese goce de ser de los insensibles superricos (Musk: el sonido de su voz le intoxica), para la mayoría global o local el resultado es el desánimo, la frustración, el espanto, y el menosprecio autoinfligido en un proceso de explotación que hace posible la euforia de los primeros. Gracias, Montse e Isabel, por metamorfosear lo que sabéis de una particular experiencia de la degradación de trabajo en un sentir (sensual y cercano) para nosotros. Después de todo, ¿qué valor tiene el saber si no lo sientes? Es como tener un recuerdo de un día de verano (los de antes) si ya no lo sientes. La inteligencia que no es sensual es artificial.
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